jueves, 14 de octubre de 2010

Viejas putas


Ahora que dieron el aviso que se acabará la versión impresa del diario La Nación, ya que a la derecha ya le sobran medios, recordé cuando vivía en Esmeralda con San Antonio.
Había una plazita, hoy epicentro snob de las cepas mundiales de té, y en el medio de la plaza del comendador Zañartu, una linda pileta que los sábados y domingo veíamos que se convertía en la tina de los vagabundos de la zona.
El lugar respiraba sordidez, las señoras de la calle no se ofrecían a tí porque, siendo respetuosas, reconocían a los vecinos de los clientes.
Grandes días ahí en un lejano, a estas alturas, año 2004. El primer año de cuando llegué a Santiago...



SEXO, MUCHO VALOR Y POCAS LUCAS
Viejas putas
No aparecen en los book de damas de compañías a las que acceden deportistas o grandes empresarios. Son mujeres gordas, abuelas sin dientes que lo hacen por siete mil pesos, incluido hotel y condón. Si quiere tener sexo con ellas, aquí los datos... le aseguro que será una tremenda experiencia.
 La Nación
Gonzalo León

-Mi problema -dijo la tímida voz a través de la radio- es que... mi mami es trabajadora sexual.
-¡Ah!, tu vieja es puta -sentenció el “Rumpy”-. Pero cuéntame, ¿desde cuándo que es puta?
-De hace tiempo. De cuando tenía cinco años más o menos.
-Y ahora, ¿cuánto tenís?
-Yo ya estoy casada; tengo niños y un trabajo estable. Y con mi marido no hemos podido hacerle entender que deje ese trabajo. Además, ella ya está vieja. Es una abuela y no se ve bien que una abuela ande de trabajadora sexual. ¡Las abuelas no hacen eso! -Pausa después del exabrupto-. Y, bueno, uno nunca sabe cuándo se puede agarrar el sida o alguna enfermedad venérea.
-O alguna rajada de paño -apuntó el “Rumpy”.
-Claro.

Pasaron unos minutos y mi curiosidad fue creciendo, hasta que al final, cuando terminaba de devorar unos tallarines con palta y queso rayado, el “Rumpy” preguntó con tono picarón:

-Pero cuéntame, ¿se puede saber dónde trabaja tu vieja?
-En la calle, en el centro de Santiago: en Esmeralda.

Casi me atraganto con los fideos. Resulta extraño cómo tu vecindario te invade en el momento menos esperado y a través de la forma más extraña. En ese tiempo, hace dos años, yo vivía a dos cuadras de aquella calle y conocía a varias de las “señoras”, como les decíamos con un amigo a las putas viejas que se ponían día y noche en plena calle Esmeralda. Imaginé por un segundo que cualquiera de aquellas “señoras” podía ser la “mami” de la mujer que se había comunicado con el “Rumpy”.

Terminó el programa, acabé con el almuerzo, y junto con él mi vocación periodística reflotó: sentía que necesitaba contactar a esa abuela-puta.

Pasó la tarde, llegó la noche y sonó el timbre. Era mi amigo con un pack de cervezas en una bolsa de supermercado.

-¿Cómo estai, León?
-Hola -dije, y mi amigo entró y se sentó en el sofá cama. Luego, me miró y me pasó la bolsa.
-Toma. Saca dos y guarda las otras.

Mientras cumplía con la orden, mi amigo dijo: 
-Nunca escucho ese programa, pero ese agüeonao del “Rumpy” hoy estuvo conversando con una mina que tenía por mamá a una de esas “señoras” que vemos en Esmeralda.

Mi amigo abrió la cerveza y sin pregunta previa, le respondí: 
-También lo escuché y se me ocurrió en la tarde que de repente podríamos ver si una de las “señoras” es la mami de la mina.

Me senté en el piso y mi amigo, mirando el techo, dijo: 
-¿Cuánto cobrarán esas viejas? Supongo que poco, porque más que putas parecen nanas.
-La otra vez una vieja me dijo que me lo chupaba por dos lucas.
-O sea que los trasvestis de Tenderini te lo chupan gratis y esas viejas te cobran dos lucas. Este país si sigue así, no sé adónde va a parar.
-Adonde tiene que ir.

Y al unísono dijimos sonriendo:
-¡A ninguna parte!

Y luego, chocando las latas, brindamos:
-¡Salud!

Bebimos un buen trago, casi al seco.
-No, pero hablando en serio -retomó mi amigo entusiasmado- podríamos meternos con una vieja. ¡En una de ésas tenís razón y una de ellas es la vieja de la mina!

Mi amigo soltó una risotada y, enseguida, aplastó la lata con una mano.
-Mira, por mi experiencia con las putas te puedo decir que una más o menos te cobra quince lucas a domicilio. Ahora, supongo que en la calle es mucho menos.
-Bueno, la otra vez levanté a una en la Alameda y me la tiré a cambio de un desayuno.
-Con las “señoras” creo que la cosa es distinta. Deben cobrar. Más que su cuerpo empeñan su dignidad.
-Una puta no tiene dignidad.
-Por lo que entiendo, tú querís ir hoy. O sea, ya.
-Me leíste la mente, León. Nos tomamos estas chelas, bajamos a tomarnos algo más fuerte y después vamos. Porque tirarse a una de esas viejas sin estar completamente borracho puede ser un shock tan tremendo...
-...que después nunca más se te vuelve a parar.
-Bueno, ¿vamos?
-Estamos a dos cuadras.
-En realidad me da un poco de asco. Te hai dado cuenta cómo son. Gordas, chicas, pesadas, borrachas...
-¿Y qué? –interrumpió mi amigo-. A fin de cuentas, tampoco nosotros no somos unos mijitos ricos.

Sonreí. Mi amigo tenía razón.

-Además –agregó-, así tenís algo que contar como periodista, porque sería una muy buena historia encontrar a la abuela-puta.
-¿Algo que contar?, decís.
-Claro.

Fui a buscar las otras dos latas, las abrimos y bebimos.
A la salida del bar El Toro, algo borrachos y confundidos, caminábamos hacia el centro de Santiago. Era tarde, aunque no tanto como para pasar por alto la tarea pendiente. Mi amigo fumaba tranquilamente un cigarrillo.

-Bueno, ¿vamos o no vamos? -pregunté.
-Pa’ allá vamos, León. Tranquilo.

Estábamos llegando a San Antonio con Esmeralda cuando me di cuenta que las putas que comenzaban a aparecer no eran esas típicas “damas” a domicilio y que ser congruente con mis gustos era una utopía. Con mi amigo observábamos a las “señoras”. Todas eran gordas y con el pelo corto, como si fuera la mamá de tu mejor amigo o, peor, tu propia madre. Buscábamos a la “más trabajadora de Chile”, como le decía mi amigo. Era la puta que tenía mejor aspecto. Rubia teñida, mediana estatura, no tan gorda y con un culo que movía sensualmente día y noche.

-El que primero la vea se queda con ella -había dicho mi amigo.

Sin embargo, no la veíamos por ninguna parte y yo, a esa altura, estaba borracho y cansado. Así es que decidí meterme con la primera que me parara. Pasó un rato y una “señora” de unos cincuenta años, baja, regordeta y con pelusas arriba de sus labios me habló:
-Hola, lindo.
-Hola -dije.
-¿Una chupadita?

Sonreí y, en ese momento, la “señora” se me acercó y me rodeó con sus pequeños brazos. Tenía pinta de nana. Y recordé a la nana puertas adentro que conocí en Nataniel Cox con Alameda, en un puesto de sopaipillas. Estaba en su día libre y no tenía adónde ir, así es que se quedaba toda la noche en la Alameda, luego iba hasta la pieza que arrendaba, se bañaba, se cambiaba de ropa y volvía con alguna tierna historia de esposo e hijos inventados, para que su jefa ni ella se sintieran mal.

En un momento de distracción, mi amigo ya se encaminaba con “la más trabajadora de Chile” a un hotel ubicado en una de las calles adyacentes a Esmeralda. Entonces, miré de nuevo a la “señora” y me enterneció.

-¿Cuánto vale ir al hotel?

La “señora” sonrió.
-Son siete lucas con condón incluido.

Pensé que por ese condón hubiera pagado siete lucas.
-Bueno.

La “señora”, tomada de mi brazo, me encaminó al hotel. A lo lejos, parecíamos novios. De cerca, madre e hijo.

La pieza del hotel resultó ser un espacio minúsculo, con un espejo mediano sobre la cabecera de la cama, en donde podía apreciar perfectamente mi cara. De fondo se escuchaba una radio, en la que podía deleitarme, a lo lejos, con Burt Bacharat. Sin embargo, lo que perfectamente escuchaba era la voz ronca de mi amigo en alguna habitación. La “señora” y yo ya nos habíamos sacado toda la ropa y, en el vientre de la mujer pude ver una inmensa cicatriz que le había dejado una cesárea. Decidí mirarla a la cara, pero en el camino me encontré con otra cicatriz, esta vez más pequeña, en uno de sus senos.

-Uno de esos clientes un poco loquitos -explicó ella.

La “señora” me puso el condón que no debió haber sido de muy buena calidad porque al otro día amanecí con el pene irritado. Cuando la “señora” abrió la boca, me di cuenta que no tenía dientes superiores. Opté por mirarme al espejo y entregarme a mis mejores recuerdos. Pero los detalles de esta tremenda experiencia prefiero mantenerlos en secreto, aunque confieso que intenté acabar lo más pronto posible, pero no podía. Así es que para pasar de una buena vez el mal rato, me concentré en la mina que me gustaba por esos días y al cabo de dos minutos ya. La “señora” entonces trató de darme un beso, pero por suerte alcancé a correr la boca.

-Gracias -dijo ella-, fue lindo.

“Lindo”, me preguntaba yo mientras me vestía. ¿Acaso pudo eso haber sido lindo? ¿Tiene idea esa señora lo que significa aquella palabra?
Cuando salí de la pieza, me topé con mi amigo, quien me esperaba fumando un cigarrillo. La “señora” se despidió de mí: 
-A propósito, me llamo Esmeralda. Y bueno, cuando quieras, niño. -Y enseguida me plantó un beso en la boca.

La “señora” esbozó una sonrisa y salió del hotel, mientras que mi amigo soltaba una risotada.

-¿De qué te ríes? -pregunté con enfado.

Mi amigo soltó el cigarrillo y lo apagó con el zapato.
-No creo que hayai sido tan güevón como para meterte realmente con una de las “señoras”.

No dije nada. Sólo lo miré. Salimos a la calle. Hacía frío. Mi amigo se detuvo para encender otro cigarrillo. Una de las “señoras” se acercó para pedir un cigarrillo. Mi amigo se lo dio.

-¿Me lo enciende?

Mi amigo acata la petición.
Caminamos. Mi amigo fumaba. Llegamos hasta mi edificio, él apagó el cigarrillo y me dijo:

-¿Lo hiciste de verdad, León?
Encogiéndome de hombros, contesté:

-En eso habíamos quedado, ¿no?
-Técnicamente, pero yo sólo conversé. La “señora”, la “más trabajadora de Chile” resultó ser la madre de la mina que llamó a ese agüeonao del “Rumpy”.
-La mía se llamaba Esmeralda y le faltaban los dientes de arriba.

Mi amigo arrugó el ceño.
-¡Qué asco! Mi amigo miró al frente y vio abierto la fuente de soda Kayser.
-Mejor será que nos tomemos una última cerveza.
-El Kayser está abierto -indiqué.

Cruzamos la calle San Antonio y, antes de entrar, mi amigo dijo:
-¿Y cómo fue tirártela?
-Raro.
-¿Duraste?
-Eso fue lo malo. Además, me duele el pene. El condón no era nada de bueno.
Mi amigo suspiró y dijo:
-Al menos usaste condón.










Autor: Gonzalo León



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